martes, 20 de diciembre de 2016

La segunda muerte de Fidel Castro



La muerte de Fidel Castro no sólo es la muerte del último mito político viviente de la Segunda post-Guerra, y ya a más de 20 años de la etapa post-URSS, es también la muerte de una singularidad política que no se va a volver a repetir.
Es que Fidel Castro, siendo abogado y militante de un partido burgués como era el Partido Ortodoxo el Che Guevara comparaba a ese partido con el Partido Radical argentino, emprende una lucha contra la dictadura de Fulgencio Batista, dictador y títere norteamericano, que lo lleva a ir más allá de lo que originariamente pensó. Incluso, ya habiendo derrocado a Batista, Castro va a los EE.UU. y el presidente Eisenhower se niega a recibirlo mientras al mismo tiempo continuaban las presiones, ataques y conspiraciones norteamericanas sobre la isla.
Y aquí comienza el gran mérito de Castro que lo hace irrepetible: siendo un político burgués, va más allá y expropia a la burguesía y al imperialismo. Esto es; entre la presión de las masas revolucionarias y el imperialismo elige a las masas. 
Se podrá decir que eso pudo ser posible porque existía la URSS que le dió la colaboración económica que tanto necesitó Cuba de entrada, o que a finales de los años '40 y principios de los '50 hubieron procesos en varios países donde se expropió a la burguesía y al imperialismo. Todo eso es cierto, pero no le quita el mérito por dos motivos; primero, por tratarse de una dirección política burguesa anti-imperialista, con composición social pequeño-burguesa, termina con la burguesía y con los intereses de la burguesía más poderosa del mundo.  Eso era, y siguió siendo, algo nunca visto. Y segundo porque no se realizaba este proceso revolucionario en un remoto lugar de Asia, sino a pocas millas del país imperialista que a menos de 15 años había triunfado en la II Guerra Mundial, derrotando a otros imperialismos.
Fue esa gesta histórica que le dió a Fidel Castro un halo mítico que conservó durante muchas décadas. Incluso cuando ya en los años '70 dejó de impulsar movimientos revolucionarios y progresivamente se fue haciendo más conservador, proceso que comienza años atrás con la fusión del Movimiento 26 de julio con el stalinista Partido Socialista Popular que había estado en contra de la revolución pero ni bien ésta triunfó se fue reacomodando. Y por intermedio de esta fracción del ahora PC cubano se fueron imponiendo las posiciones de la burocracia rusa, tanto en la isla como en el plano internacional. Este acercamiento político a Moscú llevó al distanciamiento progresivo con el Che Guevara que cuestiona la política del stalinismo en el famoso discurso de Argel. Para posteriormente irse de Cuba a expandir la revolución intentando recrear las condiciones de la revolución cubana.
Durante toda la década del '70 la intervención cubana en África (Angola, Mozambique, etc., etc.) fue en apoyo de los movimientos de liberación pero no para que el proceso avance hacia la expropiación de las frágiles burguesías nativas (mucho más débiles de lo que era la cubana), sino para apuntalarlas desarrollando partidos poli-clasistas, como Frentes Populares, con el único objetivo del desarrollo de la burguesía nacional.
 En Cuba, a pesar del manejo burocrático de la economía –que partía de aceptar el monocultivo impuesto por la URSS imposibilitándole así cualquier desarrollo industrial– y de los privilegios de esa casta parasitaria que controlaba el Estado y el plan, Cuba llegó a ser el país de toda Latinoamérica con mejores indicadores en salud y educación, y con trabajo para todos. Esas conquistas sociales se lograron con la expropiación de la burguesía y con la planificación económica, y son las grandes conquistas de la revolución.
Pero al igual que en África, y como contracara de lo que ocurría en Cuba, en Centroamérica frenó la revolución a finales de los '70 y principios de los '80, cuando Fidel Castro le aconsejaba a los sandinistas que no hagan de Nicaragua una nueva Cuba, o sea, que no expropien a la burguesía, y le exigía al Frente de Liberación Farabundo Martí de El Salvador, que ni haga lo que se hizo en Nicaragua. Y Fidel Castro coronaba todo eso, a fines de los 80, con el apoyo a nefastos presidentes como el venezolano Andrés Pérez, que a los pocos meses de su asunción reprimió ferozmente la rebelión popular llamada “El Caracazo”; y a diferentes presidentes del PRI mexicano.
 Desaparecida la URSS en 1991, Cuba quedó más aislada pagando tributo así a la política contrarrevolucionaria que venía llevando adelante, pero que no cambió, sino más bien profundizó, con la orientación restauracionista de “el periodo especial”. De allí que cuando en México, en 1992, se produjo el alzamiento zapatista, el castrismo se negó a solidarizarse con él. Y en las dos décadas y media siguientes, todo el empeño de la burocracia cubana estuvo en transformase en una nueva burguesía con un plan impuesto desde el Estado. Una especie de “Socialismo de mercado” como dice el discurso de la burocracia china, pero que en Cuba no tiene tal mercado y donde ni de socialismo se habla. Toda esta política restauradora del capitalismo, la burocracia castrista lo justifica diciendo que es para que no vuelvan los gusanos a la isla. Pero para eso debe desarrollarse como burguesía, y como le es muy dificultoso desarrollarse, por su carácter semi-colonial, su gran atraso tecnológico y la propia crisis del capitalismo mundial, se transformará, terminada la restauración, en una burguesía tan explotadora como la que vive en Miami. Es que el capital, y su necesidad intrincada de reproducirse, no tienen ideologías.
 La muerte de Fidel Castro parece cerrar un capítulo de la Historia mundial, muy ligado al período de la Guerra Fría, y de la misma historia de la Cuba actual, pero eso es más simbólico que real. Primero, porque el Fidel Castro revolucionario hacía muchas décadas que había muerto, y después porque la transición o el recambio gubernamental en Cuba está ya programado y en marcha desde antes del 2006. La asunción de Raúl Castro diez años antes del deceso de Fidel creó una especie de bisagra que hace que tanto el régimen con la restauración capitalista marche sin demasiados sobresaltos internos.
Las masas latinoamericanas y sobre todo las cubanas –y los partidos de la izquierda que luchan por la revolución socialista– deben seguir teniendo respeto y admiración al Fidel que derrocó a Batista y cuyo movimiento expropió a la burguesía y al imperialismo. Y al mismo tiempo debe dejar de rendirle culto a quien posteriormente entregaba las revoluciones de otros países para construir el socialismo en un solo país, o sea, en la isla, y que frente al fracaso total de esta concepción stalinista pasó a impulsar la restauración capitalista. Ese Fidel es un enemigo de la clase obrera, porque lo es de la revolución y el Socialismo.
Y es precisamente la clase obrera cubana –y mundial– la única que puede salvar a la revolución, o sea, a sus conquistas sociales. Luchando por la legalización de los partidos obreros, por la independencia de los sindicatos del Estado, por el desarrollos de organismos de clase para ejercer la democracia obrera y expulsar a la burocracia restauracionista del poder.

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